Alejandra es la prueba de que siempre se puede empezar de nuevo.
Intentó mil trabajos; ninguno funcionó. A su edad, las puertas se cerraban más rápido de lo que podía tocarlas. Decidió salió a revender perfumes con su auto por los barrios porteños.
En ese camino descubrió que sus clientas necesitaban lo mismo que ella: una oportunidad. Y tomó una decisión audaz: en vez de revender perfumes de otras marcas, les ofreció esencias para que ellas mismas emprendieran el negocio y fabricaran fragancias con su estilo.
Eso cambió todo. Se reinventó. Las impulsó, y lo más bonito de todo es que creció junto a ellas.
Hoy tiene un local en Once, un negocio sólido y una comunidad que nació de su generosidad. Porque cuando ayudás a otros a avanzar, avanzás vos también.
Antes nos pedía crédito, hoy nos hace la transferencia…inclusive antes de hacer el pedido.
Gracias, Ale, por demostrar que el trabajo más valioso es el que transforma vidas.
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